miércoles, 12 de febrero de 2014

Carta de amor y charcos



Llovió.
Adorada Noelia:
En la calle el verano deja respirar.
Mi corazón se exalta apenas te nombro.
El sol viene asomando como si fuera del veinticinco.
Mis manos se estremecen al recordar las tuyas.
Allá en la esquina vuelve a vocear el diario el Turquito Julián.
Mi memoria recorre tu rostro, dulce, blanquísimo como las nieves eternas de los Andes.
Salen las palomas de su refugio y picotean las ciruelas de la verdulería.
Mi boca ansía con locura volver a estar cerca de la tuya, fruta madura de mis deseos.
Los pibes del barrio empiezan a poblar las veredas con sus botas de goma gastada.
Prométeme tu amor porque el mío ya lo tienes hasta el fin del mundo y de los días.
Se desafían a pisar los charcos que tienen en el fondo un barro gris y ceniciento.
¡Oh Noelia de mis sueños! ¡Prométeme que serás siempre mía!
Como siempre, Miguelito llega último, pero hoy se siente victorioso porque con sus botas violetas acaba de hundir un papel, una hoja de cuaderno con algo escrito. La pisa, la aplasta y con el otro pie la levanta y de un sacudón la manda a otro charco más grande. Sale corriendo contento, apurado para no quedarse atrás.
¡Oh Noelia de mi corazón! ¡Yo siempre seré tuyo!
Amorosamente,
Luis Alberto

jueves, 26 de diciembre de 2013

Carta a los Reyes



Queridos Reyes Magos
este año quiero
tres botones negros
una cuerda gruesa
y dos plumas de colibrí
una almohada seis piedritas
y la cola de un surubí.

Como mi hermana
es pequeñita
mucho no precisa
aunque mal no le vendría
un dientito de yacaré
dos trenzas rubias
y un pañuelito de macramé.

Mi papá es un señor
muy importante
pero le faltan
cinco canas blancas
(verdes ya tiene tres)
una bocina de bicicleta
y un curso acelerado
de violín
y pandereta.

A mi mamá
(aahhh mi mamá
qué linda es)
podrán traerle un pétalo
de Santa Rita
un caramelo de miel
zapatos de taco alto
y una hebilla roja roja
como un clavel.

Queridos Reyes Magos
todo eso me gustaría
pero si por casualidad
sucede que los camellos
están cansados
o los negocios cerraron
o Gaspar se olvidó algo
no se preocupen
la noche de Epifanía
yo igual los espero
porque quiero saludarlos
aunque sea en un sueño.

martes, 19 de noviembre de 2013

En custodia



La mañana que ella lo descubrió había sido igual a cualquier otra. Eso si no se cuenta el extraño suceso de una 9 de Julio sin tránsito. Era martes y no había autos, ni colectivos, ni motos; ni siquiera se veía el flamante metrobús. Paro del sindicato de transporte público, pensó con lógica, aunque eso no explicaba de ningún modo la ausencia de autos particulares. Llegó a la oficina de Moreno y San José treinta y cinco minutos antes de lo habitual. El vigilante del turno noche bostezaba mientras miraba el reloj, seguramente a la espera de quien lo reemplazaría en el turno de día. El vigilante no lo saludó. Ciro estaba acostumbrado a pasar inadvertido a causa de una invisibilidad tenaz que se le había pegado al cuerpo desde que era chico. La mayoría de las veces, agradecía esa cualidad de imperceptible que tenía su cuerpo, su cara, su andar. Aunque es cierto que hubo ocasiones en que la padeció, pero ésas prefería no recordarlas.
            Era muy temprano todavía. No se preocupó porque sus veintisiete años en el puesto le habían ganado el acceso irrestricto a la oficina principal. Como quien entra a su propia casa, fue siguiendo el ritual que habitualmente cumplía la encargada de limpieza: encendió todas las llaves de luz y la calefacción central, subió la pesada reja de la ventana que daba a la calle, y puso en marcha el mamotreto de la fotocopiadora y la cafetera, casi tan vieja como la oficina misma. Eran ya las nueve y cuarto, y el resto de los empleados no había llegado todavía. A las diez menos cinco, Ciro seguía solo en esa pálida repartición del servicio público. Supuso que por la huelga de transporte, nadie había podido trasladarse. Aunque algunos vivían bastante cerca y hubieran podido llegar en bicicleta, o a pie. Ciro pensó esto y un aire de desdén le cruzó la cara. Si por lo menos alguno de sus compañeros tuviera una décima parte de la disciplina que él tenía. No sólo disciplina, también compromiso, lealtad, abnegación, pensó por último, y le gustó tanto la palabra que se la quedó masticando por un rato. Tampoco había gente, usuarios, como decía Doris, o el público, como insistía en llamarlo Vázquez, el director general.
            El día anterior, lunes 5 de agosto, la escena había sido totalmente opuesta. La oficina rebalsaba de gente, ansiosa en su mayoría. Miguel, el del mostrador de informes, jamás se dejaba impregnar de esa ansiedad tan típica de las oficinas públicas, y repetía la esencial pregunta una y otra vez –¿inédita o publicada?– sin variar el tono ni la mueca. Porque lo decía medio de costado, como si sostuviera con la boca un escarbadientes imaginario. Para colmo de males, a poco de haber abierto al público, el tablero electrónico en el que se anunciaba el orden de atención y el mostrador correspondiente, había dejado de funcionar. Vino Jorge, el maestranza, como le decían probablemente para no llamarlo por su nombre (desempeñaba tareas consideradas menores), y por más que intentó una y otra vez, no pudo encender el tablero. Es que quisieron ahorrar y compraron el coreano, viste, y yo les dije, nada mejor que los tableros taiwaneses, pero no me dieron bolilla. Todo por ahorrarse unos mangos, le explicó a Doris, que lo escuchaba a desgano. Entonces, vino Pablo, el de sistemas, diciendo que en la secundaria lo llamaban MacGyver porque podía meter mano en cualquier artefacto, una vez hasta ayudó a la Federal a desarmar una bomba casera que habían encontrado en la puerta de su edificio. Eso contaba Pablo, pero él tampoco logró que el tablero coreano funcionara.
En el público la ansiedad inicial se estaba transformando en ira, contenida aún, es cierto, pero ira al fin. Entonces, Ciro, sabiendo mejor que nadie que hasta media docena de gatos enjaulados son más mansos que los usuarios de una repartición pública sin atender, tomó coraje y empezó a llamar a viva voz: 008, dijo enérgico, y sin proponérselo vio cuando ella se levantaba como un resorte de su asiento mientras se le caía el tapado, una bolsa enorme y varios libros.
Tenía el pelo castaño y ojos muy grandes, y llevaba el pelo en una trenza larga y gruesa. Era joven aún y a Ciro le recordó uno de esos cuadros de la pintora mexicana que se veían por todas partes. Se acercó al mostrador, maniobrando todavía el tapado, la bolsa, los libros, y ahora, unos papeles impresos. Lo saludó alegremente, sin darse cuenta de que Ciro se había sonrojado y había bajado la vista casi por instinto. Quiero registrar mis poemas, le dijo, aunque te soy sincera, no sé quién querría plagiarlos, o leerlos, y se rió con liviandad. Ciro no le respondió, pero notó con inquietud el tuteo y enseguida tomó un formulario de cada color y le dio primero el amarillo. Detestaba los formularios amarillos porque le recordaban la sémola que lo obligaban a comer cuando se enfermó de hepatitis a los nueve años. Podría decirse que el amarillo también es el color del infortunado convaleciente de hepatitis, pero eso Ciro no lo pensó. Por los rosa viejo sentía un rencor profundo, prácticamente enquistado, porque era igual al color de las paredes de su pieza en su casa materna de Glew. Por más que había protestado y pataleado, su madre nunca accedió a pintar la pieza de otro color. Era tan triste el rosa viejo, y le daba tanta bronca tener que aguantárselo. Por eso gozaba cuando alguien se equivocaba al completar los formularios. La inminencia del bollo arrojado al cesto de papeles, o el ruido cuando rompían (desgarraban) un formulario en dos, tres, cuatro pedazos, según lo irritado que estuviera el cliente, se le presentaban como una recompensa por tantos años de humillación. Ciro no aceptaba tachaduras ni enmiendas, no, no, de ningún modo.
Complete acá, por favor, le dijo. Pero no lo firme todavía. Ella buscó algo en la bolsa y después en una cartera diminuta que llevaba colgada como un morral. Lo miró resignada y él entendió que no tenía birome. Siempre pasaba lo mismo con las mujeres. Por qué será que no pueden guardar una birome en la cartera, o en algún bolsillo. Llevan tantas cosas, a veces algunas ponen la cartera arriba del mostrador y empiezan a sacar todo tipo de objetos, hasta los más íntimos, esos de cuya existencia Ciro desearía no enterarse. Sacan pañuelos, desodorantes, perfumes, tampones y pinturas para la cara, juguetes y mamaderas de los hijos, paquetes con galletitas incomibles porque están hechas migas, llaves, tantas llaves, como si vivieran en veinte casas, papeles arrugados y pequeños envoltorios que nunca tiran en ningún cesto. Aunque sin dudas el objeto más extraño que Ciro ha visto salir del bolso de una mujer es un criquet para el auto. Pinché en la salida de la autopista, ¿podés creer?, le dijo una vez una, pero él nunca entendió por qué había guardado el criquet en la cartera.
Ese lunes 5 de agosto la mujer joven de ojos grandes y trenza larga completó el formulario amarillo con lentitud y seriedad, como si el hacerlo fuera algún rito fundamental, y se lo entregó a Ciro. ¿Me permite su DNI?, le pidió él. En la cara de ella apareció la zozobra. Ay, no lo traje, pero tengo la cédula, sirve igual, ¿no?, le dijo (ah, ahora te reís nerviosa, pensó Ciro). Lamentablemente, no, le respondió él, con un énfasis excesivo en el no. Va a tener que volver mañana. ¿Quién sigue? La mujer joven se mordió un labio, recogió sus cosas y salió. Ciro sintió el pellizcón del remordimiento; sin embargo, enseguida acomodó los papeles amarillos y los rosa viejo, y se dispuso a seguir con la atención al público. Era un día demasiado ajetreado para dejarse llevar por pavadas.
Pero hoy martes 6 de agosto Ciro tiene todo el tiempo del mundo para pensar en zonceras, y también en cosas importantes. Por ejemplo, ha dejado inconcluso “Dos ratoneras”, un cuento inédito que registró un cadete la semana pasada. Qué falta de respeto, había pensado Ciro. Mandar a un cadete es como mandar a la mucama a que anote en el registro civil al hijo de uno recién nacido. “Dos ratoneras” le había gustado mucho, muchísimo, desde la primera oración: “En el campo, septiembre es un buen mes para dejar de ser bueno”, así empezaba. Aunque a decir verdad, desde la portada Ciro ya se había sentido intrigado: “A L., por el regalo de sus pesadillas. Y a B., porque no es L.”, esa era la críptica dedicatoria. Era un cuento largo, con demasiados diálogos, en opinión de Ciro, pero no podía dejar de leerlo. Tenía que valerse de diversos trucos –cuya eficacia había ido comprobando con el tiempo– para no ser descubierto. Antes de las lecturas furtivas, había sido preciso llevar al grado de la perfección su habilidad para abrir los sobres de papel madera, tamaño oficio, que estaban sellados y firmados y en los que se guardaba cada obra registrada. Tenía dedos de prestidigitador, y su prolijidad era tal que nadie notaba que los sobres eran abiertos y luego vueltos a pegar. Ciro se sentía muy satisfecho de sí con cada nuevo sobre que abría y cada nueva obra que leía. Y luego, con cada sobre que volvía a cerrar. Podría haber sido mago, pensó un día, y la certeza de que podría haber sido otra cosa, pero que en realidad él era esto, un prestidigitador de sobres, un lector, el primero quizás, el más importante, lo hizo sentir más satisfecho aún. Había en Ciro una devoción de monje que se volvía más tangible a medida que sus lecturas aumentaban. En la práctica, era Doris quien, con poca gracia, repetía a los usuarios la solemne frase: Su obra ha quedado registrada; permanecerá aquí en custodia el tiempo que usted decida. Ciro desearía agregar: Puede ir en paz, pero nunca lo ha hecho porque no le corresponde. Su tarea es otra.
Se acuerda que empezó a leer ese cuento el mismo día que lo registraron, en la hora del almuerzo. Era viernes y los demás empleados salían todos juntos a comer una pizza en algún bar de San Telmo. Dijo que no se sentía bien y se quedó en la oficina. Truco fácil. Cuando al día siguiente quiso seguir leyéndolo, alegó que Vázquez le había encargado ordenar los biblioratos del quinto piso y allá fue, con las hojas del cuento dobladas debajo del pulóver. Es un laberinto ahí arriba, le dijo Doris, y casi sonó comprensiva, cuando lo vio bajar la gran escalera de mármol un rato antes de las dos, el horario de cierre de la oficina. A pesar de que había estado más de tres horas dedicado al supuesto orden de los biblioratos, no había podido terminar el cuento. En un momento, tuvo la sensación de que la cantidad de páginas que le quedaban por leer, aumentaban en vez de disminuir. También aumentaba su ansiedad, y eso a Ciro no le hacía bien. Jamás se hubiera permitido dejar una obra inconclusa. Sería el equivalente a abandonar al perro que nos ha acompañado toda la vida a la vera del camino, de noche y en invierno.       

Hoy, como ningún otro empleado ha venido, ni tampoco Vázquez, el director general, Ciro puede darse el lujo de leer sin apuros ni sobresaltos, tomando un té de tilo o manzanilla, dejando que el silencio de su alrededor lo envuelva, lo abrace y se le pegue a la piel. El resto de los sentidos se le adormecen un poco, están cansados de vivir en alerta, y es la lectura el momento de la pausa tan esperada. Ya es el mediodía y Ciro lo sabe porque alguna parte de su cerebro le ha dicho que allá abajo el estómago reclama algo más que un té, algún alimento idealmente. Aun así, él se empeña en continuar, no puede distraerse con nimiedades.
Sin embargo, a las doce y cinco la puerta se abre y una mujer joven, la de ojos grandes y trenza larga, entra sin dificultad ni sobresalto. Es que el acceso a la oficina está totalmente libre. El vigilante del turno de día nunca llegó y el de la noche abandonó el puesto cuando decidió que era mejor dormir en su casa. Miguel, el del mostrador de informes, tampoco está allí haciendo su invariable pregunta. La gente, los usuarios, brillan por su ausencia. En rigor, los que brillan son los pisos pues nadie, excepto Ciro, los ha transitado hoy. En esta repartición pública es un martes que se empeña en parecer domingo.
Pero para la mujer joven sigue siendo martes y hoy ella lleva en un bolsillo de su abrigo el DNI. También lleva en su bolsa dos juegos de fotocopias, primera y segunda página más el cambio de domicilio. No se los pidieron, pero –ha decidido– esta vez no la van a tomar desprevenida. Cuando entra, no le llama la atención la quietud de esta oficina que ayer apenas podía contener a decenas de personas tensas y avinagradas. Sí siente un olor raro, como de plástico quemado, pero a ella solo le interesa hacer de una vez su trámite, registrar su obra, sus poemas. Va directo al mostrador donde estuvo ayer. No hay nadie atendiendo, pero una vez que está allí, ve a un hombre de aspecto gris sentado en un escritorio demasiado grande para el tamaño del hombre. Lo mira con más detenimiento y se da cuenta de que es el mismo empleado que la atendió ayer. Hoy tengo todo, piensa tranquila.
Ciro oye distante un rumor de papeles y después un carraspeo y finalmente un buen día corto y seco. No quiere levantar la mirada. Se está acercando al final de “Dos ratoneras”, lo intuye aunque la pila de páginas pareciera no adelgazar nunca. No puede distraerse, y sin embargo la mujer esa que ha venido (cómo vino si hoy no vino nadie) no parece dispuesta a esperar, menos a marcharse. Ciro se resigna, piensa que ante todo él es un empleado público ejemplar, abnegación es la palabra que vuelve a rumiar. Se levanta y sin responder el saludo, se acerca al mostrador. La mujer, que hasta ahora estuvo revolviendo en su bolso y luego en la cartera pequeñísima que lleva colgada como un morral, saca una birome. Sus papeles, sus poemas, ya están a la vista. ¿Puedo ir completando los formularios? Acá tenés mi DNI, y también copias, si querés. Ciro la mira y recuerda el día de ayer. Recuerda a la mujer joven de ojos grandes y trenza larga cuyo trámite quedó incluso, trunco, porque él la ha rechazado. Sabe que podría haberle aceptado la cédula de identidad, incluso la licencia de conducir, de haber puesto él una mínima fracción de voluntad. No es su culpa tal vez, puede que ese cuento que ha estado leyendo últimamente lo tenga demasiado absorto, como si sus diálogos interminables y sus paisajes bucólicos y terribles a la vez y sus personajes cerrados aunque nítidos, hubieran comenzado a habitar la mente, el espíritu y también, cómo negarlo, el cuerpo de Ciro.
Por eso él hoy no puede ni siquiera empezar a hablarle. Y tarda en reaccionar cuando sin esperar respuesta, ella lo mira a la cara y con la misma liviandad con que podría comentarse el clima con un extraño en la vereda o en un ascensor, le pregunta: ¿No te da curiosidad leer lo que trae la gente? Yo me moriría de ganas, y sonríe, sin malicia, sonríe de verdad. Ciro siente una explosión en la cabeza, justo detrás de la frente. La boca se le seca en un instante y las rodillas ceden un poco. Las piernas se han paralizado, pero tiene que moverse, y rápido. Da media vuelta y se obliga a caminar hasta el escritorio. Ahora siente otra explosión, esta vez en la base del cráneo, pero igual sigue, da un paso y luego otro, y uno más. Sin volverse a la mujer joven, que algo le dice, él cree, agarra el cuento sin terminar, enrolla las hojas. Ha hecho un movimiento torpe y el té de manzanilla tiñe de amarillo algunas páginas. Como la sémola, como los formularios, piensa. Y corre hacia la gran escalera de mármol.
La mujer joven se ha quedado allí, perpleja, con sus poemas y su DNI y sus copias de la primera y segunda página más el cambio de domicilio sobre el mostrador. Tiene en una mano la birome, ociosa aún. Espera cinco, diez minutos. Trata de mantenerse calma, ya va a venir, piensa, los empleados públicos son así, van y vienen todo el tiempo. Pero este empleado no vuelve, y ya han pasado veinte minutos, y no hay nadie más a quien recurrir en esta oficina tan silenciosa y pálida que más que oficina parece una tumba. Y entonces recoge sus cosas, con indignación seguramente, y cansancio. Al salir huele otra vez ese olor persistente que ahora se le aparece como de cable quemado, y al cerrar detrás de sí la puerta, ve por un costado del ojo un chispazo. El tablero, se oye decir (o pensar), y enseguida empieza a correr hacia la parada del colectivo. Cruzando por San José viene un 39 y no quiere perderlo. Se ve que la huelga de transporte se ha levantado.

Al día siguiente, un miércoles 7 de agosto común y corriente, la mujer joven decidió dejar las poesías en el cajón de su mesa de luz para empezar a escribir un cuento. Mientras desayuna, piensa una historia, o dos. Entre tanto, la radio cuenta la de un incendio en una repartición pública sobre la calle Moreno, casi esquina San José. Las llamas, voraces, no tardaron mucho en tragarse los cientos y cientos de papeles allí guardados. Los bomberos suponen que no habrá que lamentar víctimas, aunque el vigilante del turno noche declaró que cree haber visto entrar a un empleado.
Hasta el momento, al parecer nadie lo vio salir.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Preguntas a mi amado



Pensé que no tenía
raíces frondosas
rizomas ensortijados
hundidos
en húmedos terrones.

Pensé que quizá
mis zarcillos tan tenues
buscarían otro aire
de veranos frescos
más livianos.

Qué hicieron pues
tus ramas imprecisas
para que yo mujer-árbol
finalmente encontrara
su tierra.

Qué hicieron sino estirarse
generosas
y abrazarse
entre los frutos
dulces
jugosos
esperados

Y en ellos amarse

Y en la savia
soñar
que son eternos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Ventanas



La ventana es la cortina de terciopelo que se abre en un teatro, para la joven que una noche escucha una guitarra enamorada.

La ventana es un talismán que conjura el mal del encierro, para el niño al que han castigado por mirarle los calzones a la maestra.

La ventana es un canal de televisión que emite las 24 horas, para la señora del ojo admonitorio y la lengua veloz.

La ventana es el anhelo de un sábado soleado y con brisa, para el oficinista que respira el polvo amarillo de cientos de papeles.

Y para el que escribe, o la que escribe, la ventana es una compañía muda que se mira con recelo, a ver si de golpe se abre y manda a volar las palabras preciosas que flotan en el aire.

jueves, 24 de octubre de 2013

28 de octubre



Hoy mi calle amaneció
bajo una lluvia
de flores
de paraíso
y los autos,
adornados
como para una boda.
En los tilos
no hay ansias
de movimiento.
Sólo algún perro
con bríos
se anima a quebrar
la calma.

Ayer mi tierra
lloró las lágrimas
amargas
suaves
luminosas
de la gente
y hoy mi calle amaneció
bajo una lluvia
de flores
de paraíso.

martes, 15 de octubre de 2013

La despensita



 A Rosita y Matilde

En la despensita podía haber casi cualquier cosa. Estaba lo cotidiano, desde latas de tomate hasta barritas de azufre para el dolor de cuello, y también lo que se revelaba de vez en cuando. Las hermanas tenían prohibida la entrada, ése era territorio adulto, en especial del tío. Allí conservaba celosamente las hojas de tabaco para sus cigarrillos. Pero en ocasiones, durante las siestas, ellas robaban la llave que se guardaba adentro de una lata vieja de café La Virginia.

Durante esas excusiones furtivas descubrían los objetos y tesoros más extraños. Jamás se atrevieron a tomar alguno, ni siquiera los movían de lugar. Temían que apenas los tocaran, desaparecieran en la mediasombra de las estanterías. En una ocasión, descubrieron una máscara india que se asomaba por detrás de una horma de queso y les sonreía. Cuando quisieron acercarse, la expresión mutó al llanto. ¿Acaso también se oía un sollozo? Otra tarde encontraron una mariposa con alas de rubíes que volaba pesadamente entre los jamones que colgaban del techo. Pero lo más raro de todo sucedió el día que levantaron un caracol del piso. Se lo llevaron al oído, y en la lejanía y entre las olas bravas del mar, oyeron la sirena de un barco que venía cruzando el Atlántico.

Las hermanas siempre tomaban muchas precauciones para no ser descubiertas. Por ejemplo, se descalzaban para entrar a la cocina y a veces una se quedaba vigilando en la puerta de la despensita, mientras la otra entraba y en un susurro entrecortado por la emoción, iba relatando los hallazgos. La abuela no les preocupaba porque se había puesto sorda de tan vieja y de tanto escuchar los discos de Nino Bravo. Además, se quedaba dormida en la mecedora de la galería. Era un gato, ronroneando y roncando.

Una tarde de verano, las hermanas se descuidaron un poco porque el zumbido trastornado de las chicharras ensordecía a la casa y sus habitantes. Cuando metieron la mano en la lata de café, la llave no estaba. Se miraron perplejas y empezaron a buscar casi frenéticamente. Vaciaron un tarro de harina, revolvieron el cajón de los cubiertos, destaparon las ollas de aluminio. Hasta que a la menor se le ocurrió buscar detrás de la caja donde el tío guardaba los cigarrillos que armaba, y allí la encontraron. Dieron un salto de alegría y salieron corriendo. En el camino, les pareció ver que la abuela levantaba la cabeza y hacía un ademán con la mano, pero siguieron entusiasmadas hasta el final de la galería, para girar apenas unos pasos y llegar a la despensita.

Ni bien entraron, una corriente fría les dio piel de gallina, y a la mayor, la hizo estornudar. Se miraron extrañadas, aunque no sabían por qué. En realidad, allí estaban las dos, sintiendo, o quizás oyendo con el oído más avanzado de la intuición, que algo no estaba del todo bien. Sin darse cuenta, ambas sacudieron un poco la cabeza, como si quisieran deshacerse de esas tácitas prevenciones, y se dispusieron a examinar las estanterías. No habían terminado con el primer estante, el más alto y por eso, el que les daba dolor de cuello, cuando oyeron, ahora sí con los oídos comunes y corrientes, unos pasos pesados. Y enseguida, como viniendo desde otra dimensión, el vozarrón del tío. Por fin las agarré, mocosas. Vengan para acá que hoy no se salvan. Sin darles tiempo a nada, se sintieron arrastradas por una mano brutal, y la voz seguía diciendo: las agarré, mocosas, las agarré, yo les voy a enseñar a no meterse donde no las llaman, y ni una palabra a nadie, ni se les ocurra, y esa mano brutal dolía, pero más dolía el orgullo, y saber que el gozo de las excursiones había terminado.

La paliza las dejó atontadas. Salieron de la despensita como dos zombies (o al menos eso pensó la menor), como los zombies de las películas, porque caminaban torpemente, las piernas no querían obedecerles. Así pasaron delante de la abuela, que mientras roncaba sacudía un poco la cabeza como si dijera no, no, en algún sueño. Durante los días que siguieron ninguna habló demasiado. El ritmo de la casa era el de siempre, aunque ahora las siestas se volvieron largas y aburridas. El calor se pegaba al cuerpo como una masa viscosa y las moscas zumbaban enajenadas.

Una tarde llegó de visita la novia del tío. Era esa hora cuando la luz se está despidiendo pero a la vez pareciera que quiere quedarse. Además de una caja de masas, traía de la mano a un chico. Era tan flaco que daba pena. Llevaba puesta ropa que no parecía suya, sino más bien la de algún abuelo ya muerto y enterrado. La novia del tío lo presentó como su ahijado de bautismo, el sol que le alumbraba el alma. Todos sonrieron menos el tío y el chico. Y las hermanas hicieron como que no escuchaban y miraron para otro lado para evitar saludarlo.

Se hizo de noche y los grandes seguían todavía con su charla, tomando naranjada y comiendo masitas finas. Casi al unísono, las hermanas se disculparon y salieron a la galería. El cielo era ahora petróleo y el lucero brillaba agradecido. El chico salió detrás de ellas, en silencio.

“¿Querés que te mostremos un tesoro?”, lo invitó la menor, y apenas terminó de decirlo, sintió el codazo de su hermana en una costilla.

El chico no contestó. Se miraba los zapatos y miraba atrás, hacia donde estaban reunidos los adultos, y de vuelta a los zapatos. Eran viejos, quizás habían sido marrones, pero ahora estaban negros de tanta pomada.

“Vení, está escondido en un lugar secreto. ¿O tenés miedo?”, insistió burlona la menor.

“Mostrame”, le dijo el chico mirándola de frente por primera vez.

La mayor dio un pisotón a la tierra seca, como protestando, pero la menor la ignoró por completo. Agarró al chico de la mano y lo llevó primero desandando el camino de baldosas del frente de la casa, y luego por la galería, hasta llegar a la puerta de la despensita. Había poca luz porque la luna todavía era nueva, y unos nubarrones del color de un moretón habían cerrado de pronto el cielo llevándose al lucero.

“Dale, entrá”, lo conminó la menor. La mayor seguía en silencio, mientras se mordía las uñas.

Con un coraje súbito, el chico dio un paso adelante para abrir la puerta. Pero apenas puso la mano en el grueso picaporte de hierro, sintió una corriente helada de tumba que le llegó desde el agujero de la cerradura. Dio un grito y salió corriendo. Las hermanas se miraron y soltaron la carcajada. Como un eco, se escuchó el grito de los teros.

El amanecer trajo un poco de alivio al calor húmedo de la noche. Había caído una llovizna las primeras horas de la madrugada, y con esas breves gotas, la tierra había aplacado la quemazón del día y la noche. Porque las horas nocturnas allí, al borde del Paraná, podían ser tan calurosas como las horas de sol. La novia del tío y su ahijado se habían ido tarde, cerca de las once. Después de la broma padecida, el chico se refugió al lado de su madrina. Se sentó en silencio entre ella y el tío, que cada tanto lo miraba de reojo. Las hermanas, satisfechas, se quedaron en un rincón pegando figuritas y brillantina en un álbum de tapas azules.

Ese amanecer, los árboles estaban más quietos que nunca. La casa dormía apenas un poco más fresca, y las cotorras no habían empezado aún sus interminables conversaciones matinales. Las hermanas se despertaron sobresaltadas. La mayor miró el reloj sobre la mesa de noche: cinco y veinte. La menor corrió un poco la cortina como verificando en el horizonte lo que les decía el reloj. Descalzas y en camisón, salieron a la galería.

Unos días atrás, más precisamente el de Reyes, la llave de la despensita había aparecido debajo de la manta del Caburé, el gato overo de la abuela. La encontró la menor, y se le reveló como una verdadera epifanía. Estaba barriendo y limpiando la pieza de la abuela, como todos los viernes. Sobre un cuero de oveja, el Caburé dormía literalmente a pata suelta: panza arriba y con las patas bien estiradas, apuntando al norte. La menor sabía que para moverlo y seguir limpiando, lo único que funcionaba era un buen escobazo. Y eso hizo, le dio con la escoba. Pero esta vez, además del maullido rencoroso del gato, oyó un clinc que le llamó la atención. Se agachó y ahí estaba la llave.

Eran casi las cinco y media, pronto la casa saldría de su modorra. Tenían que apurarse si no querían que las pescaran otra vez. Emocionadas por la inminente excursión, las hermanas no se dieron cuenta de que un temor instintivo se les había metido entre los huesos. Para abrir la puerta, tuvieron que arrancar de la pared unas ramas de la enamorada del muro que tapaban la cerradura. Ninguna se preguntó cómo era posible que la enredadera hubiera estirado tanto sus incontables brazos de la noche a la mañana. O se lo preguntaron pero no quisieron buscar respuestas.

Al entrar entrecerraron los ojos hasta que se acostumbraron a la media luz. Había en la despensita un olor dulzón y un poco nauseabundo que les hizo torcer la nariz. Seguramente algo se había echado a perder. Revisaron con la mirada el primer estante, luego el segundo y el tercero de la derecha. Encontraron frascos de sardinas, que si se las miraba bien, hacían destellar su piel plateada mientras se sacudían frenéticamente. Detrás de un dulce de ciruela, vieron una botella llena de miel que se había vuelto sólida, y en esa transformación, ya no parecía miel sino una arena compacta y blancuzca. Por el pico de la botella salía un zumbido incesante. Nada de esto las sorprendió, pues la despensita era desde siempre lugar de acontecimientos y apariciones extraordinarias.

Sin embargo, ocurrió esa mañana que oyeron un siseo insistente. Buscaron con la mirada y vieron moverse las hojas de tabaco que el tío colgaba de tres ganchos gruesos atornillados al cielorraso. Más que moverse, parecían temblar. Levantaron enseguida los ojos, achicándolos para ver mejor: entre los ramos aplastados de hojas de tabaco serpenteaban los verdes y marrones de una yarará.

Las hermanas tuvieron que taparse la boca para contener el grito. Sin pensarlo, abrieron la puerta y salieron corriendo. Se encerraron en su cuarto y se metieron de nuevo en la cama. Las despertó la madre, el almuerzo estaba listo. Al unísono contestaron que se sentían mal y que seguirían durmiendo. Ayudadas por el sopor de enero, se hundieron en un barro espeso de sueños y pesadillas. Una nuez gigante se partía y soltaba una jauría de perros huesudos y hambrientos. Volvieron a despertarse, esta vez por un ajetreo extraño para esas horas. Eran las cuatro de la tarde, y aunque el sol reinaba inclemente, por la ventana vieron a la madre, al padre, al abuelo y a varios vecinos reunidos afuera. La abuela se hamacaba en su mecedora. También estaba la novia del tío. ¿Acaso lloraba?

En la puerta de la despensita, y con gotones de sudor que por momentos le nublaban la vista, un peón de la estancia de Quesada forcejeaba con la yarará más grande que se hubiera encontrado por esos lugares. A un costado, y en una torsión deformada, el cuerpo sin vida del tío. El peón dijo luego que pasarían muchos años antes de que pudiera olvidar el lívido espanto dibujado en la cara de Don Benítez.